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10 de noviembre, 1998
Para mayor información: Marcela Sánchez-Bender
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Total de palabras: 1471
SALVADOREÑO EN MISIÓN A WASHINGTON POR LOS DERECHOS DE PERSONAS
QUE VIVEN CON EL VIH
Por Santiago Távara
A principios de octubre de 1998, cuando Odir Miranda
partió de su natal El Salvador rumbo a Washington para dar testimonio
referente a la falta de medicamentos y atención médica de personas
con el VIH-SIDA, el infectólogo le dijo: "Sigue adelante, 'acordate'
de tus compañeros que están muriendo".
Así, cansado de tanta indiferencia y desdén de las
autoridades de salud, este joven de 30 años llevó su denuncia a
la Comisión de Derechos Humanos, la rama investigadora de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, que tiene el poder judicial
para investigar y litigar por los abusos a los derechos humanos
en Centro y Sudamérica.
Su testimonio fue histórico debido a que, hasta la
fecha, la Corte nunca ha considerado la situación de personas que
viven con el VIH como un asunto de derechos humanos. La Comisión,
que mantiene confidencial el trámite de cada uno de los procesos,
toma entre uno o dos años en promedio antes de producir resultados
y determinar la eventual responsabilidad del estado si así lo considera
necesario. Sin embargo, de acuerdo con una fuente cercana a la Comisión,
el testimonio mismo debe ser visto como un importante aporte a la
justicia en las Américas.
"La Comisión aprecia enormemente el valor de los testigos
... en la medida que dar testimonio de hechos en los cuales haya
estado comprometida alguna de las libertades individuales es un
acto de coraje", afirmó.
Alto, delgado, casi tímido, Miranda se convirtió en
noviembre de 1997 en el primer salvadoreño que "humanizó" el VIH/SIDA
en su país cuando dijo públicamente que era el portador del virus
de inmunodeficiencia humana (VIH), causante de la enfermedad. Y
lo hizo por el falso concepto que persiste en la mente de muchos
de que el VIH/SIDA equivale a la muerte, a un castigo de Dios y
conduce a ser aislado de la sociedad como los leprosos en la antigüedad.
Según el joven activista, ese concepto persiste no
sólo en el común de la gente, sino en las propias autoridades gubernamentales
que hasta la fecha no tienen una ley para impedir la discriminación
contra personas que viven con el VIH-SIDA ni tampoco se han preocupado
de que obtengan medicamentos que les permitan prolongar su existencia.
Miranda es presidente del Grupo Atlacatl VIH-SIDA,
que reúne a 40 salvadoreños seropositivos al VIH y que carecen de
atención médica. El grupo está gestionando la disponibilidad de
medicamentos anti-retrovirales con el Instituto Salvadoreño del
Seguro Social (ISSS) que hasta ahora se ha limitado solamente a
atender las infecciones y no provee los fármacos que atacan y detienen
la evolución del virus. Por ser una enfermedad de tipo 'letal',
el ISSS considera que no se puede invertir en la atención de estos
individuos.
Aunque Miranda pertenece a la cuarta parte de la población
asegurada bajo el ISSS lamenta que para altas autoridades del sector
salud las personas que viven con el VIH no son prioridad y el costo
del tratamiento es aún considerado un desperdicio. Recordó el caso
de una muy alta autoridad en salud de El Salvador que aseguró que
el VIH/SIDA "es una vergüenza. Pero el SIDA es una enfermedad como
cualquier otra, como el cáncer o la diabetes", agregó.
"Si una alta autoridad de salud se expresa de esa
manera, nunca se va a hacer nada, a menos que sea presionada", dijo.
"No nos han querido recibir las autoridades de salud, menos aún
el Presidente. Mientras tanto el SIDA sigue afectando a gente productiva
entre los 17 y 35 años".
Lo más irónico ocurrió los primeros meses de 1998,
fecha en que los médicos, incluyendo los del ISSS y el Ministerio
de Salud, se declararon en huelga pidiendo más altos salarios, mejores
condiciones de trabajo y la capacidad de prescribir medicaciones
que necesitan sus pacientes.
NECESIDADES CRECIENTES
Con el tratamiento, consideró Miranda, se ahorraría
en días de incapacidad y las empresas tendrían personas productivas.
La terapia triple cuesta unos 800 dólares mensuales
si se compra individualmente, aunque el precio puede reducirse a
poco más de la mitad si se compra en grandes cantidades. En contraste,
el ingreso per cápita de una familia salvadoreña es de 250 dólares.
Los medicamentos avanzados anti retrovirales están
disponibles desde 1996 a un 90 por ciento de pacientes en Europa
y los Estados Unidos, sin embargo son apenas un sueño para el 95
por ciento de personas con SIDA en Centroamérica, según la opinión
del Dr. Richard Stern, coordinador de salud de Triángulo Rosa, una
asociación de homosexuales y lesbianas de Costa Rica.
En los siete países de Centroamérica hay unas 20.000
personas que viven con SIDA. Honduras tiene más de la mitad de los
casos, casi 11.000, número altísimo para un país con 5,4 millones
de habitantes. Guatemala le sigue con 4.000, y el resto se divide
entre Costa Rica, El Salvador, Belice, Nicaragua y Panamá.
De los 20.000 infectados, sólo 500 tienen acceso al
tratamiento anti retroviral, la mayoría en Costa Rica donde a fines
del año pasado la Corte Suprema ordenó al sistema nacional de salud
a que provea la terapia. En los demás países, unas 150 personas
afluentes compran las medicaciones con sus propios fondos.
Específicamente en El Salvador se han notificado oficialmente
2.244 casos de SIDA, la mayoría en San Salvador. El 75 por ciento
de los infectados son hombres, principalmente heterosexuales. En
la capital se concentran la mayoría de casos, llegando a 1.512 según
cifras del Ministerio de Salud.
Muchos de los recursos donados a países en desarrollo
por los gobiernos del norte y fundaciones, son limitados a la categoría
de "prevención" y no pueden ser usados para atender directamente
a las necesidades de las personas con SIDA, lamenta el Dr. Stern.
Por otro lado, los gobiernos siguen debatiendo un
plan conjunto para tratar la enfermedad.
Recientemente se ha propuesto una ley en la Tercera
Reunión de Comisiones de Salud de Centroamérica, a la que se unirán
Belice y República Dominicana, para iniciar campañas de prevención
y lucha contra la discriminación, permitiendo que los pacientes
demanden a sus empresas por despido injusto.
LA MISIÓN DE MIRANDA
La negligencia de las autoridades, la muerte de los
pacientes del SIDA y los nuevos casos que surgen, no desaniman a
Miranda, sino que lo fortalecen para luchar por lo que él considera
es el justo derecho a la vida y a la salud.
"El ISSS dice que si nos da los medicamentos, va a
tener que cerrar... No estamos limosneando, ni suplicando, sólo
pedimos que se devuelva lo que cotizamos. Yo era un pensionado,
pagaba el 13 por ciento de mi salario al seguro, ahora no me cubre
nada. Me han pensionado por dos años, pero no para tratamientos
o enfermedades oportunistas", expresa Miranda calmado pero firme.
"Somos seres humanos y merecemos el mismo trato en cuanto a atención
médica y tratamiento. El ISSS atiende a 300 pacientes con VIH/SIDA
pero cuenta con apenas dos infectólogos. En menos de tres meses
se nos han muerto siete compañeros. Espero que se resuelva el problema
rápido, si no se nos van a seguir muriendo personas".
Agregó que si el ISSS invirtiera en ese tipo de medicamentos
y los suministrara a quienes viven con el VIH desde el momento en
que el virus es detectado, sería menos costoso que el tratamiento
que se da a las infecciones y "seríamos todavía parte de la población
económicamente activa y no una carga social".
"Vengo de pasar dos crisis, una por año -recuerda
Miranda, refiriéndose a sus dos recaídas-. La primera ocurrió en
enero de 1997, a un mes de haberse detectado la enfermedad y me
quedé casi inválido por neuropatía en el pie. Me recuperé y en mayo
de este año volví a caer, con neumonía y neuropatía. Por primera
vez llegué a pesar 92 libras. Esta vez me llegaron medicamentos
de Costa Rica, donde ya había viajado".
En noviembre del año pasado, con motivo del Día Mundial
del SIDA, Miranda fue entrevistado por una revista, pero anónimamente.
Pero poco a poco se fue convenciendo de que tenía que hablar públicamente
de su enfermedad. Cuando lo hizo, se sorprendió de sentir el apoyo
de sus familiares, vecinos, amigos y hasta de su novia.
Sin embargo, cuenta que sufrió discriminación en la
casa donde vivía con su hermana en San Salvador. Le marcaron los
utensilios, poniéndoles nombre para que nadie más lo usara. Igualmente
se sintió abandonado en el hospital, veía que el sufrimiento de
sus compañeros era "igual que el mío". Los maltrataban. "Me preguntaba
cómo es posible que los traten como animales. Ellos tienen los mismos
derechos que cualquier ser humano ", afirma.
Sus compañeros tienen miedo a las represalias. Los
infectólogos temen a que los despidan. Pero Miranda continúa al
frente de Atlacatl, la organización cuyo nombre indígena le sirve
de inspiración ya que le recuerda "el indio luchador que trató de
luchar por su raza".
Santiago Távara es editor del semanario La Nación
de Washington D.C. que se distribuye gratuitamente en la comunidad
hispana del área, donde la colonia salvadoreña es la más numerosa.
El Programa de SIDA de la Organización Panamericana
de la Salud contribuyó con la revisión técnica de esta Crónica.
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